Ignasi Ravell Garriga nació en 1910 y a los 10 años llegó a Barcelona. No sabía hablar castellano, ya que en esa época no existía ni la televisión ni la radio. A principios de los años 20, Ignasi Ravell empezó a trabajar como aprendiz en el Bar Jordi del barrio de Horta. Con 15 años pasó a la pastelería Escribà, en pleno centro de la ciudad. Allí trabajaba día y noche; cuando el negocio estaba cerrado, dormía debajo el mostrador. Cada domingo por la tarde le daban dos pesetas para salir, de les cuales siempre ahorraba una.
A finales de 1928, Fèlix Estrada lo recibió en su tienda. Cuando le preguntó cuanto quería ganar, le respondió que primero le viera trabajar y que luego le asignara un sueldo. Así es como entró a trabajar en el colmado Estrada de la calle Aragón, al lado del Mercado de
E
Un día entró una persona en la tienda y pidió una botella de lejía. No tengo -dijo Ravell- teniendo un estante lleno debajo del mostrador.
Desde ese día decidió cambiar completamente el negocio Los dependientes pasaron de usar guardapolvo a vestir americana y corbata. Se dejó atrás la tienda de comestibles y se especializó en productos alimentícios de alta calidad. Las personalidades de la época eran clientes habituales.
Una de las características del negocio consistía en mantenerlo abierto todos los días festivos del año, incluso en Navidad. El durísimo aprendizaje le había enseñado que el cliente puede entrar en cualquier momento y se debe estar siempre a punto para atenderlo.
En 1936 estalló
Pero Ignasi Ravell lo dejó al margen, aunque le advirtieron que nadie le compraría. Él tenía claro lo que quería, quiso y montó una fábrica de pasta. Con agua y harina elaboraba pasta fresca. Cada día se formaban colas delante del negocio. También se hacían repartimientos a todos los mercados de Barcelona. Para poder tener harina se hizo reservista y compró tierras en Castilla. También compró café, champagne, caviar ruso, etc. ya que pensaba que siempre habría quien tuviera dinero para comprar esas delicias.
Durante la mejor época de la tienda, Ravell invirtió en el mundo de la construcción y viajó por todo el mundo, en especial a los EEUU, su paraíso preferido. De cada viaje traía productos y marcas nuevas que registró en
En la década de los 70 Can Ravell ya tenía una cocina consolidada y ofrecía a sus clientes servicios regulares de catering. A finales de los 70 Josep Ravell se incorporó a la tienda como aprendiz. Todos los domingos iba a casa de clientes para servir los canelones que habían encargado. Le daban 100 pesetas al día. Así es como Josep Ravell se inició en el negocio. Los años complicados fueron pasando: la transición, los nuevos tiempos, el IVA, la transformación de los impuestos, la informática...
El 20 de noviembre de 1994 murió Ignasi Ravell, dejando una herencia de trabajo y dedicación. Durante unos meses Josep Ravell no tenía claro si seguir con el negocio, ya que su padre le había dejado el listón muy alto. Pero finalmente se dijo a si mismo “renovarse o morir”, y decidió continuar con


